Sentir el viento que con voz de clarinete incita al caudal. Escuchar el andar incesante del agua, a veces a trote y otras precipitado en estampidas. Vestir el manto dúctil ataviado de olanes espumosos que adopta los contornos de mi epidermis. El río, en lluvias.
Desde niña, la temporada húmeda me quitaba el sueño. A mitad de la noche, me despertaba el tintineo de las primeras gotas sobre la loza. Permanecía alerta a la intensidad del golpeteo. Una vez que estallaba la tormenta, contaba los segundos de duración segura de que los desagües resistirían el ímpetu tan solo novecientos segundos. Me plantaba al pie de la ventana a vigilar la abundancia de la riada. Deseo y temor invadían mi ánimo en aquel estado de alarma solitario.
Crecí contemplando las conquistas del río cada vez más ancho y poderoso. Aguzaba el oído para percibir el rugido desde su origen, la gradual elevación de su voz imperiosa. Hubo años en que solo dormí obligada por el somnífero que mezclaba mi madre en un té caliente. Esas noches, soñaba que bajo una lluvia torrencial, el agua arrastraba trozos de nuestra casa. Me veía contemplar desde el balcón cómo devoraba a Canela, mi perra, que en alternancias asomaba y desaparecía entre ese manto que mudaba de forma cada instante sin conceder asideras.
Durante el día, el sol era un tímido admirador que exaltaba las tonalidades blancas y grisáceas de las nubes que moteaban el cielo. La vegetación crecía exuberante. Regocijada por el brío de la estación, engullía toda criatura que hendiera sus dominios.
En las noches de nubarrones estrepitosos, sentí el influjo del río. Con una voz ignota pronunciaba mi nombre. Hipnótico, exigía mi presencia. Me atreví a conocer de cerca su temperamento una primavera que descendí por la escalinata de mi madre. Pequeños peces besaron mis pies. Fui cautiva de caricias de plantas ribereñas. El agua fresca robó mi voluntad.
Adulta, habité sola la casa del río. Erigí un puente de piedras junto a la escalinata y, desde el arco, envidié a las criaturas que acudían a buscar alimento sorteando las crecientes. Constante, me entregué al flujo helado, inagotable, que sedujo los márgenes de mis sentidos. Recibí el torrente impetuoso a contraflujo, me abrí a su encuentro, me volví como él, infinita, insaciable. Recibí mil caricias distintas, irrupciones insospechadas en el territorio de mi cuerpo. En el abismo, donde reina la calma, me sumergí muchos atardeceres de aguacero. Vibré anegada en el murmullo inexorable de su voz.
Con el tiempo, el verbo ronco del río como eco circular me mantuvo despierta, anhelante al llamado. Hasta esta noche.
A través del encaje de ramas en la penumbra, remolinos reciben mis pasos decididos. Me atraen al lecho profundo de mi amante, que rebasa mis márgenes y me reviste con su manto dúctil. Aquí estoy, adornando mi piel con líquenes violetas y musgos esmeraldas, acunada en la ondulación de sus algas, convertida en guarida de peces y crustáceos. Inmarcesible.
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